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He corrido con la suerte de presenciar dos veces esta obra. En la primera ocasión era una lectura teatralizada donde el papel de Bernarda era bien cumplido con un hombre, el cual le daba ese carácter de mujer fuerte a la perfección y fue un espectáculo que disfruté bastante. La segunda ocasión se llevó un pedacito de mí. La semana pasada el grupo de teatro “Las huellas de Zapata” de la Universidad Emiliano Zapata presentó la obra y una alumna tuvo el lindo detalle de invitarme. Pues fui, fue lindo ver a quienes compartieron conmigo el salón de clases y que me permitieron aprender mientras les enseñaba. La obra comenzó y un detalle divertidísimo fue ir reconociendo no solo a los personajes, también a las actrices. Me tocó sentarme cerca, muy cerca. La obra fue sencillamente excelente, más allá de la calidad teatral debo confesar que se me enchinaba la piel en algunos momentos. Dejaba de ver una obra de teatro y empezaba a espiar en la casa de Bernarda Alba. Me angustié aunque ya conocía la obra, me aterré, quise esconderme de esa voz que deja surcos en el corazón, la voz de Bernarda.

Independientemente de la carrera artística o profesionalismo que se tenga en el teatro, me parece que cuando se pone el corazón en el escenario las cosas funcionan. Cuando el llanto sale de adentro y pueden convertirse en sus personajes la obra rueda y contagia. En los momentos angustiantes algunos espectadores reían y decían bromas tontas, desde mi lectura era la angustia actuando, quería decir que la obra funcionaba, huían de esa angustia por medio del humor. Yo… sólo con la piel de gallina.

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He pensado seriamente abandonar la idea de hacer un doctorado en estudios humanísticos, creo que no me va. Lo que me está tentando es hacer un doctorado en tramitología y burocracia. Suena descabellado pero me es fácil imaginar una tesis sobre los efectos colaterales de los pigmentos utilizados en la hojita rosa y en la hojita azul (que en realidad es celeste) o un análisis histórico de la acentuación del vocablo “siguiente”. He terminado los trámites de mi titulación de maestría y estoy a una nada de iniciar el doctorado. Tener esos dos procesos al mismo tiempo no es nada fácil, para empezar son cosas pesadas, se deben recaudar papeles de orígenes inimaginables -las peregrinaciones hacia ciudad universitaria son otro tema de dignas quejas. Pero hubo un documento, un trámite particular, capaz de cautivar mi atención e ironía, le llamé: “el legajo de perder”. Durante un trámite de esos de lleve, selle, traiga, firme, me dieron un legajo con muchos papeles que yo había entregado ya y me dijeron:
-Se los va a llevar, y cuando regrese me los trae.
A lo que pregunté: ¿Me los tiene que firmar alguien?
-No, no les mueva nada y me los trae de vuelta.
-¿Entonces para qué me los da?
Llegué a la conclusión de que la única función de ese legajo era la posibilidad de perderlo, no había que sellarlo, ni firmarlo o hacerle alguna modificación. Había que tomarlo, poseerle tiempo suficiente como para que la posibilidad de perderlo aumente y después entregarlo… o perderlo. Sé que es difícil manipular tantos archivos de una población estudiantil tan grande, aun así sigo fiel a la idea de que algunos trámites le coquetean a lo absurdo con un descaro absoluto. Con la esperanza de no alargarme mucho pospondré para otro momento la redacción de algunos e interesantes capítulos que han acompañado este proceso.

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Una pregunta nutritiva: ¿Qué es el erotismo?

mediasMás allá de las definiciones freudianas, si quieren con tintes de filosofía y ética, la preguna sigue latente: ¿qué es el erotismo? Una palabra que manifiesta un fuerte vínculo con esta pregunta es Deseo. El erotismo es el arte del deseo pero no de toda su estructura. El erotismo no es el juego del placer, es el juego del deseo ya que después de haber obtenido la satisfacción del deseo se llega al placer y el erotismo no tiene sentido ahí.

Allegando el concepto del erotismo a la sexualidad es inevitable pensar en lencería, ya que es un máximo exponente de este concepto -el erotismo- pero es curioso que todos estos elementos eróticos tienen cabida en un momento particular del acto sexual: el previo. La lencería es emblema de erotismo y no menos erótico que la desnudez. Si la desnudez incitara más al deseo que la lencería, esta última no tendría algun sentido, pero al igual que la pornografía, funciona no a través de lo que muestra sino por medio de lo que no es alcanzable para el ojo (otro elemento erótico: el ojo, si no me creen pregúntenle a Bataille).

A diferencia de la desnudez, la lencería siempre es un elemento erótico o pornográfico. Pero aún con esa distinción sólo tiene sentido en el ámbito del deseo más no en el de la satisfacción del placer. Recuerdo una pregunta simple que hice en clase y para la cual, maravillosamente, sí hubo respuesta: ¿La lencería es para antes o para después del acto sexual?, a lo que mis alumnos respondieron “para antes”. El erotismo es el juego del deseo más no del placer, aunque debe aclararse que en el mismo deseo que consiste en la insatisfacción, se encuentra también una satisfacción particular.

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Algo me pasa con los micrófonos, me incomodan. Puedo hablar frente a varias personas y no me angustia (siempre y cuando esté vestido) puedo hablar tranquilamente y hasta disfrutarlo, pero si hay un micrófono de por medio me desespero, empiezo a hablar rápido, me distrae la sintetización de la voz y me siento incómodo…hasta me enojo un poco.
Sí, yo también lo pensé: pánico escénico. Me pareció una conclusión lógica, pero tras pensarlo y experimentarlo fue que descubrí la importancia del micrófono, no me gustan. El problema no es la escena, tampoco la gente. Puedo hablarle a varias personas siempre y cuando sea con mi voz pura y neta. Claro que para hablarle a un grupo grande de personas hace falta un artefacto de esos que amplifique el sonido y le haga llegar con claridad a su destino en la distancia, pero aunque sean pocas las personas el micrófono me pone de malas. Siento que es un filtro extraño que transforma lo que digo en lugar de simplemente llevarlo, comienza preocuparme si se escucha bien, si estoy hablando fuerte, bajo, claro, difuso y me desconcentra.
Tal vez este fenómeno es un pequeño fragmento de pánico escénico pero cada vez lo tolero más, cada vez el micrófono me suena menos habitado y más inanimado, solo un instrumento, un vehículo para la voz pero bueno, supongo que poco a poco nos iremos entendiendo.

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Cuando escuché ese concepto en la radio me quise comer mi título de psicología en salsa verde: fue un golpe bajo a toda mi formación teórica. Escuché el concepto y dejé de prestarle atención al tráfico, me desconecté, la lógica y la racionalidad se adelgazaron y sentí que después de eso cualquier cosa era posible.
El concepto fue utilizado para referirse a la conducta de una figura política que en un momento estaba a favor de algo y ese mismo día pero más tarde estaba en contra. ¿Qué tiene que ver eso con la esquizofrenia? ¿Por qué no agarrar las cosas de frente y hablar de las conveniencias? Pienso en el término “esquizofrenia política” y sospecho de su uso como insulto, como decir “está loco”. Una estrategia para ridiculizar.
El sentido que la palabra “esquizofrenia” tiene no me parece una cosa de opinión, es más bien un concepto duro, no se puede usar como “la locura” y me parece profundamente triste que se busque ridiculizar o insultar utilizando una enfermedad que varias personas padecen.
Entiendo que no todo mundo pueda hacer un uso preciso de los conceptos psicopatológicos pero me parece grave que alguien se dé la libertad de utilizar un concepto así tan a la ligera, sin darse cuenta de que puede insultar, informar equivocadamente y sobre todo dar una imagen errónea sobre el concepto a quien le escucha. La radiodifusión me parece una tarea bastante importante y que posee una responsabilidad enorme. Me enfada que la gente se lo tome con una aparente ligereza mientras quien lo escucha no le escucha tan a la ligera.

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Me gustan las máscaras pero no tengo ninguna dentro del consultorio (aunque tengo dos en la sala de espera). La razón por la cual no tengo máscaras dentro del consultorio es porque son un tanto persecutorias. Estan ahí viendolo todo con sus ojos ausentes.

Las máscaras que están en la sala de espera tienen una historia muy divertida. Una vez hace algunos años un amigo fue a Sudáfrica y todos estábamos felices por él y todo mundo lo obligó a que trajera llaveritos, recuerdos pequeños y lindos. Yo fui un poco más allá, abusando de la amistad le dije que yo quería algo diferente, no quería ningún llavero o un separador (cosas que sí me gusta que me regalen). Le dije que quería algo diferente, que no se consiguiera aquí y para reforzar mi demanda le di algo de dinero. Fue extraño y lo más sorprendente es que funcionó. Cuando este chico llegó trajo consigo un monton de llaveritos, postales y separadores que repartió entre los amigos. Me entregó a mi, sin gran ceremonia, un par de paquetes ni grandes ni pequeños y ahí estaban. Dos mascaras de madera labradas a mano. Me dio una explicación del uso y función de estas mascaras y le agradecí profundamente.

Las mascaras son un ser complejo. Encantan a muchos y aterran a otra cantidad nada despreciable. ¿Qué es tan terrible de las máscaras? Imagine usted cualquier escena de terror: en la soledad de la noche se escucha un ruido atrás de usted y cuando voltea está flotando en el aire:

a) una taza
b) el gato
c) una máscara

¿Cuál resulta más terrible? ¿Cuál le hará pensar que usted ha tomado mucho y cual le hará ponerse blanco del susto?

Lo terrible de las máscaras es su vacío porque no aterra igual un rostro de cerámica con ojos y boca que una mascara con sus orificios; esos ojos vacíos que irónicamente lo observan todo. Una mascara siempre te estará viendo, no importa desde qué ángulo la mires siempre tendrá esa mirada ausente o esa ausencia de mirada que después de todo sigue observando de una manera u otra. La mascara nunca te mira y es por eso que nunca deja de mirarte. No es que en este lado si mira y en este otro no. Como en ninguno mira, no hay posibilidad de discriminar cuál es el territorio de la máscara y cuál no; no hay mirada de reojo, ella está siempre ahí en una terrible ausencia (sin querer escribí espera en lugar de ausencia). Siempre que se le mira tiene el mismo gesto, una extraña espera y un silencio prolongado (qué bueno, por que si hablaran sería horrible).

Es un tema difícil, la relación que tenemos con las máscaras y cámo este artefacto que originalmente sirve para ser rellenado, es decir, para ponérnoslo sobre el rostro pero dejando libre espacio para nuestra mirada y a veces la boca. La máscara se ha convertido en objeto de apasionamiento, de colección y obviamente y sin discusión: de terror. Lo espantoso de la mascara, más allá de si nos mira o no, es que no podemos dejar de mirarla, llenamos el orificio de sus ojos con los nuestros.

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